12.15.2014

Instinto


Me gusta observarte. En silencio, entre las sombras, amparado por la noche, la lluvia o tu bendita incrédula inocencia. Me reconforta tu actitud frente al cristal mojado: inmóvil y estoica, como un faro irradiando calor, empañando tu silueta contra su superficie.

Eres mi razón de ser, pero tampoco lo llamaría amor. Existes porque quiero, caminas libre y despreocupadamente porque yo lo permito. Nunca miras hacia atrás, tal vez sabes que siempre estoy ahí. Acechándote o protegiéndote, tú eliges. Puedo distinguir tu olor, tu color.

Y cuando sueño, no existen límites. Dejas la llave bajo el felpudo y puedo entrar. Como un fantasma o una ilusión, me deslizo hasta la cama donde duermes más desamparada que nunca. El pelo cae sobre tus mejillas, acariciando lo que es mío. Tu cuerpo se contorsiona como si supiese que existe un vacío inexorable al final, tus calcetines se interponen entre mi cuerpo y tu piel. Deliciosa. Ningún sensor artificial puede captar la magnitud de tu belleza, de tu presencia. Si me concentro en tus labios entreabiertos, algo explota en mi interior, el éxtasis nubla mi sentido racional y sólo quiero encadenarte, enjaularte, esconderte. Arrancarte la piel y fundirme en tu esencia. Quiero que me mires con ojos suplicantes y regalarte mi compasión, pero sólo a medias.

Es esta sensación, este delirio fascinante... No lo comprendo. ¿Acaso es pura felicidad? Me siento menos humano a cada centímetro que avanzo sobre tí. No quiero parar, ahora no, la niebla se cierne sobre mí, mi sombra engulle tu silueta y mi corazón galopa desbocado. Todo se evapora y sólo quedas tú y lo que pude haber sido yo, ahora transformado, involucionado: puro instinto.

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