11.27.2014

El principio de algo

Fumaba.
   La atmósfera generada a través del largo y estrecho cigarro blanco resultaba misteriosa y emocionante al mismo tiempo. La única fuente de luz consentida, provenía de un tímido rayo de sol que se escurría a través de una ventana abierta, acariciando las interminables y ondulantes cortinas, balanceando sus esponjosos cabellos, iluminando la sala en la que nos encontrábamos, acercándome su aroma.
   Ella descansaba junto al marco de dicha ventana, inhalando y exhalando en silencio con profundo y obvio desdén. Sus ojos, fijos en mi apariencia torpe e inexperta, juzgaban si sería otra inútil periodista o si realmente era digna del placer de su compañía, del tesoro que sería la historia de su vida.
   Sus labios rojo Chanel se entreabrieron de nuevo, esta vez dejando escapar un juicio envuelto entre volutas de niebla ponzoñosa.
   —Muchos otros han venido antes que tú. Curioseando aquí y allá, removiendo viejos recuerdos, distorsionando la verdad, convirtiéndome en algo que jamás habría imaginado—. Tomó otra calada y me señaló con su impecable manicura al añadir : muchos otros han venido antes que tú, sí, pero nunca una mujer.
   Despacio, tragué saliva intentando no parecer demasiado nerviosa, demasiado joven. Alcé la cabeza y enfrenté su mirada de hielo.
  Lo sé, he leído lo que escribieron.
   —¿Y bien? suspiró meneando la cabeza con desprecio.
   —No es lo suficientemente bueno.
   La respuesta saltó de mis labios, incontrolable. Era mi más sincera opinión, tan genuina como lo fue convertirla en mi primer error aquella tarde. Mierda. Las palabras de cada profesor que había tenido durante mis años de estudiante retumbaron en las profundidades de mi mente Nunca des demasiada información. Recuerda: menos es más″.
   Mientras lamentaba mi comportamiento, vislumbré su figura acercándose al diván de terciopelo en el que yo estaba sentada. Deteniéndose frente a mí con una chispa en la mirada y una incipiente y curiosa sonrisa en el semblante, apagó el resto del cigarro sobre un precioso cenicero de cristal de Murano, por supuesto, y añadió:
   —Eso es interesante. Por favor, continúa.
   —Bueno —comencé con cautela —, quiero decir que la describen como si fuese una persona simple. Supongo que llegan aquí, recopilan todos los detalles morbosos que pueden y luego construyen una especie de personaje que no resulta real ni creíble, al menos desde el punto de vista de otra mujer.
   —¿Por qué no? —preguntó con calma, claramente disfrutando de mi razonamiento.
   Esa pregunta lo cambió todo, fue como accionar un gatillo. En un instante, el ambiente a mi alrededor se transformó: el juego había comenzado. Podía sentir la hirviente ansiedad generada por la sensación de atadura que todos los periodistas experimentamos. Semejante a una adicción, es como estar enganchado: yo quería  más y (las dos lo sabíamos) ella alimentaba y sustentaba esa preciada posibilidad.
   —Usted… No sé si creerme que realmente sea tan fría, distante y desinteresada —aventuré —. También es una mujer y, como tal, está biológicamente preparada o predispuesta para ser emocional. Sensible o histérica pero pasional al fin y al cabo.
   —Entiendo —respondió mientras tomaba asiento junto a mí —. Así que quieres una historia pasional, ¿es eso?
   —Sí, querría escribir una historia con pasión pero también algo real, algo crudo; a veces difícil de creer, a ratos incluso ofensivo. Querría conocer la verdad sobre la mujer que acabó convirtiéndose en leyenda.
   Tras unos segundos de perplejidad, rompió a reír y finalmente se relajó, recostándose sobre el diván.   
   —A lo largo de mi vida me han llamado muchas cosas querida, pero créeme si te digo que jamás han usado la palabra “leyenda”. Me gusta, no me malinterpretes, me resulta apabullantemente gratificante.
   Acto seguido, tomando aire y casi con resignación, clavó sus ojos en los míos y comenzó.



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