1.30.2013

Resolución de los malos ratos junto a tí

Los latidos retumbando en las sienes ahogaban los gritos descontrolados.
Las lágrimas, apenas sostenidas, esperaban descender por las mejillas rápida y limpiamente. Pero la tenacidad y el orgullo las retenían.
Los orificios nasales aleteaban, confusos, buscando una mayor cantidad de oxígeno (pues los labios apretados y casi azules, apenas dejaban pasar los sentimientos de ira del exterior).
El estómago estaba hecho una bola y los jugos ácidos comenzaban a arder en sus paredes.
Las manos temblaban, impotentes sobre la falda floreada.

Pero la mirada permanecía fija en su interlocutor. Si las miradas matasen... Decían. Y no se equivocaban.
Le miraba con un sentimiento tan fuerte que resultaba raro el que no alterase la naturaleza del rostro del receptor. De sus pupilas salían llamaradas de consistencia espumosa. Un sentimiento mezclado con resentimiento y tal vez una pizca de rencor. Un odio añejo, conservado, mantenido oculto. Pero que salía de sus ojos como si de un volcán en erupción se tratase.

Y los gritos continuaban y continuarían.
Y ella explotaría en mil pedazos de colores.
Pero ni uno llevaría el nombre del objeto de su rabia. A pesar de lo vivido, insuficiente.

*Él no quiso remediarlo cuando podía, le cegó el orgullo (coraza de su inseguridad), lo dejó pasar. 
          *Ella, en cambio, no. 



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