1.19.2013

Otras formas de empezar

Abrazos reflexivos.
Dedos azules que se aferran a la piel caliente.
Soledad inmersa en una herida encallecida por longeva.

Que seas oxígeno y yo un perfume fortuito, alegoría de una memoria insegura.

Ese vacío que generas en mi cuerpo cuando te vas, es tal vez el causante de un extraño malestar que se manifiesta furioso en la boca de mi estómago y no me deja dormir.
Me miro entonces al espejo y descubro, en mayor o menor profundidad, los mismos rasgos que la última vez: la mirada gastada de quien no sólo observa sino adora, los labios enrojecidos de suponerse satisfechos ante aquel deseo antes sediento y luego saciado, las manos metalizadas de frío y preguntas sin respuesta.
Suelo sentarme entonces en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos aun prendidos en la imagen reflejada, pues me ayuda a sopesar la causa de tal malestar.
Pero es difícil: sabe a dar y recibir humo, huele a decepción inconsciente y convencional, parece ser suave y frágil. Y, si aguzo el oído, resuena un rumor de olas abatido contra un muro impasible. Como un te quiero de conducta experta o un buenos días cotidianamente vacío.

Busco entonces una nueva forma de reconstruír y empezar.

De sonreír y dar
lo que sepa
o  lo que puedas imaginar.



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