1.09.2013

De las cartas olvidadas que escondí en tu abrigo verde

Por si aun te preguntas si no "das la talla" o si no me llenas lo suficiente en la vida, te he escrito esta carta.
Sopesando la idea y, fraccionando cada nanosegundo a tu lado para rastrear si había algo que realmente no mereciese la pena (por minúsculo que fuera), he dado con tres mil quinientas treinta y cinco metáforas, ochenta y cuatro canciones, ciento diez poemas de amor y veinticuatro películas de cine independiente.

Me preguntas si no serás insuficiente. Te preguntas si no estarás cortándome las alas.
Y yo te voy a proponer lo siguiente: déjame ir.
¿Recuerdas aquel pensamiento en el que acababa sumida en un callejón oscuro en Holanda? Retómalo, dale forma entre tus manos y colócame en él.

Ahí estoy. Voy en bici junto a un canal verdoso, llevo los cordones desatados, los vaqueros rotos que tanto te gustan y la camiseta blanca y suave ondeando junto a mi pelo a merced del viento. El chico que me acompaña también tiene un aspecto desaliñado y desatendido. ¿Ves cómo nos detenemos en ese callejón de paredes con pintura semiarrancada? Observa atentamente ahora. Caminamos de la mano, el desaliñado y yo. Al fondo nos esperan otros tres de igual aspecto, sentados en círculo. Expectantes. Y ahora, amor mío, que no se te escape el brillo metálico de los objetos que sostienen en su mano. El desaliñado me coge el brazo izquierdo, pálido y blanquecino. Tranquila, es sólo por probar. Te gustará, te hará olvidar que el mundo es una montaña de basura y mentira. Me anuda una goma color mostaza por encima del codo y, tras comprobar que la vena palpita sobre la piel, inserta la punta y me contamina el alma. Grito porque me dan miedo las agujas (tú me lo habrías recordado) y porque no estoy segura de querer hacerlo. Pero ya es tarde. Y se suceden los días entre heroína y autorreproche. 
Yo quería ser fotógrafa, pero me veo obligada a vender mi cámara por un viaje de más. Además se me agotan las ideas, no recuerdo cómo se mantenía la esperanza ni el brillo en la mirada. Ya no tengo ganas de viajar. 
El desaliñado me abandona a mi suerte en pos de una fuente de "vida" más fiable. Y me quedo sola.

Sin embargo, contigo, mi futuro se sucede entre bocanadas de aire y dosis de realidad.
Mi melodramatismo es contenido por una presa de racionalidad objetiva que evita que las tinieblas que pueda crear en un momento dado me ahoguen y me arrastren. Te necesito porque, básicamente, eres lo que mantiene mis pies en el suelo. Eres el mejor ejemplo de gravedad que jamás podría ocurrírsele a Newton.

¿Mejor ahora?

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