3.06.2014

Stop the clocks. Forever

Su perfección.
De rostro de hielo, mirada estoica y sonrisa cincelada.
A conjunto con una seriedad aprendida más que desarrollada.
Mi perdición.

Nadie conocía su secreto porque nadie había podido observar -y atesorar- los pequeños detalles que cometía, inconscientemente, y que la hacían tan especial y preciosa. Nadie como yo. Ninguno antes ni después. Me gustaba saberme el único y sorprenderla lamiendo una cuchara a las 4 de la madrugada. Me hacía feliz cuando se caía de la línea recta que trazaba cada mañana sobre sus zapatos de emperatriz, cuando el destino le jugaba una mala pasada y lloraba desconsolada y sola dentro de un armario oscuro. Era una criatura tan frágil como sólida y, en esa eterna contradicción, se basaba su ser y mi objeto experimental. Me emocionaba cuando dormía y murmuraba debilidades, instantes en los que se le escapaban las cosas tristes por la almohada y se aferraba a ella con sus pequeños puños, siempre dispuesta a librar la última batalla. Sonreía cuando se miraba al espejo con -eterno- reproche, leía en su mirada el tremendo esfuerzo que le suponía no ser tan perfecta como deseaba y me limitaba a fotografiar mentalmente esos momentos.
Era tan bonita que causaba estragos en mí tan pronto como me dirigiese un atisbo de cariño.

Mi cocktail Motolov. Mi amada ama.
Nadie supo jamás todo lo que la quise desde mi fatal condición de felino, mi condena personal.
Para mi desgracia
y su disfrute.

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