2.05.2014

Juego perverso

Fue una cuestión difícil,
de apretar el corazón en un puño
y labios morados.

El repiqueteo cardíaco atenazaba mi garganta, desbocado, casi parecía que la vida se me iba a ir en una sístole o diástole. Las manos me sudaban tanto que creí que sería incapaz de aferrarme a algo para parar el golpe en caso de que el nerviosismo me colapsase y acabase tendida sobre el suelo de mármol blanco entre cajas de colores. Contenía el aliento a sabiendas de la contracción de mis pupilas sobre el objetivo, sabía que estaba a punto de hacer algo tan malo que no estaba permitido vacilar y elegir no hacerlo.

Pero no podía,
nunca había podido.

Mi cárcel se había vuelto mi amiga, el síndrome de Estocolmo había llamado suavemente a mi puerta y yo -cansada de luchar- había decidido aceptarlo como una nueva perspectiva.

Todo había empezado como un juego.

Pero ahora que el cielo escampaba
los días se hacían adultos
y las noches le robaban horas a la juventud,
el juego al que había decidido consagrarme se tornaba mi única salida.

Yo quería ceder como siempre, como ayer, mañana y hoy. Pese al riesgo.
Sólo quería escuchar cómo Chris Isaak me susurraba que nuestro juego perverso era indefenso.

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