1.09.2014

Miedo de acero


Nadie nos dijo que el día de mañana estaba reservado para que, tomándonos una copa y pese a toda expectativa previamente concebida, nos volviésemos a encontrar en los ojos del otro.

Tú estabas sentada sobre el taburete de cuero desteñido, con tus pantalones de chica mayor y tu pintalabios rojo rozando el vidrio de una cerveza afortunada. De mirada fija en el infinito, te alzabas poderosa -nadie hubiese podido dudarlo- y enigmática. Como siempre, como si los años no hubiesen causado estragos o dejado cicatrices, como si te hubieses quedado anclada en el verano en el que saboreé tu piel... Como si siguieses siendo mía a pesar de las tempestades luchadas y de los barcos que decidimos abordar por habernos creído acabados.

Yo te esperaba confiado, mirando tu nuca desnuda. Sabía que te volverías hacia mí, interrogante, desesperada, con el corazón haciendo equilibrios, desafiando a la delgada línea del destino que quiso separarnos aquella tarde en la que decidí hacerme un hombre y llevarme tus lágrimas por si tenía sed en el camino.

Bang Bang—cantó Nancy Sinatra para tí. 

Nuestros ojos se encontraron después de ver tanto mundo y de dejar leyendas salvajes a nuestras espaldas. Tú te acercaste y trajiste tu olor a mi mesa, tu calor a mi mejilla. Dejó de importarme tu verborrea nerviosa, tu nuevo trabajo y tus hijos; te oía respirar de nuevo junto a mí.


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