11.14.2013

Era sólo otra mente gris susurrando a las olas

Con la palma de la mano sobre la superficie del agua y el salitre consumiendo cualquier rastro de dulzura que pudiese quedar en la piel.

En aquel vasto reducto en el que el espacio y el tiempo habían hecho un pacto, donde las paredes agrietadas se alzaban heroicas para unir su barbilla con los restos de espuma que el oleaje, furioso, lanzaba. Allí donde los gritos no se oían, donde los golpes eran sordos y las lágrimas invisibles. Allí yacía el último rastro de humanidad, de felicidad, de vida.

La gente gris lo había sabido durante años. Observaban a los extraños que acudían en busca de respuestas, siempre al margen, sin juzgar ni dejarse ver. Esperaban, pacientes, a que la naturaleza siguiese su curso y el agua consumiese a los intrépidos aventureros.

Pero esta vez el extraño se mantenía erguido, impasible, imbatible. Desafiando al horizonte y a las preguntas que los grises lanzaban al aire. Tenía un motivo para sobrevivir, o eso parecía.

Y todos contenían al aliento.




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