10.15.2013

VV


Era triste y fría,
inmaculada, etérea.
Gloriosa.

Aquella vasta extensión de nieve pura, no era más que una simple aparición, una visión revelada. Infinita y perfecta, desafiando las leyes de la propia naturaleza con su impasibilidad. Me miraba tranquila, con paso sereno y actitud desafiante, tal vez fumase con elegancia o tal vez bebiese vodka con hielo, pero siempre con las piernas cruzadas -perfectas- de quien se sabe una mujer fatal.

Peligrosa, puntiaguda, orgullosa.

Su magia se deslizó por los baldosines de la cocina y cubrió rápidamente todo el cubículo, ascendiendo por mis pantorrillas, envolviendo mi cuerpo, mi pecho. Congeló mis órganos y me tomó entre sus brazos, arropándome y arrullándome en su pecho de hielo. 
Quizás debiera haber sentido miedo, pero sólo pude vanagloriarme por poder observar tan de cerca al ángel de la muerte.

Triste y fría,
inmaculada, etérea.
Gloriosa.

Clavaba sus pupilas negras en mí con la ternura de una madre, tanto tiempo esperándote – decían. 
Sus labios susurraban una canción muda sobre mi pelo, sin una nota ni apenas rastro de vida, de aliento, me acunaba sin cesar. Y yo la comprendía, pues mi muerte tenía la mejor de las bandas sonoras.

[...]

En un suspiro
la primavera llegó.

Risueña y cálida,
dulce, densa
Gloriosa.


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