11.08.2012

Clic

Sonaba Wicked Game,
anochecía a través de la ventana.

Dentro, la única luz que quedaba venía de la mano de una vela solitaria y parpadeante situada en el centro de la mesa. La pobre apenas se sostenía sobre el candil de latón, reliquia de seguramente algún anticuario  descubierto por ambos. Permanecía angosta, inalterable pese al temblor de la llama, altiva, disciplente, blanca e ígnea. Pequeña centella en la noche encubierta que era el salón.

Sonaba Wicked Game,
y amanecía en sus ojos.

Apenas era un susurro, casi imperceptible. Un movimiento deslizante, sinuoso, delicado. Dos cuerpos buscándose a tientas, bailando en silencio. Dos labios que se sabían y sonreían. Cientos de miles de recuerdos en el aire, cientos de miles de imágenes por memorizar. Algún "tú", algún "yo" . Y un "nosotros" perpetuo y perfecto, grabado en la mente y en la piel (y en la retina de cualquiera que observase).

Sonaba Wicked Game
y sonaría una eternidad.

Clic.

Dos ancianos se abrazan con fuerza. Bailan despacio pegados el uno al otro, sus corazones laten también con lentitud pero sus manos permanecen entrelazadas con fuerza.
La vela sigue encendida.
Chris Isaak sigue cantando.

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